Todo el universo

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Es en la profundidad más transparente y táctil de la mirada en donde se iluminan los anhelos y de seguro que en ese íntimo e imperecedero instante, en la mía, se estaban arremolinando un millón de ellos a la vez. Ella, entretanto, me miraba con la misma magia que puede poseer una noche vibrátil, me miraba con la suprema ascensión corporal del alma en el brillo de sus ojos. Sin embargo, de repente, sin quererlo ninguno de los dos, ella y yo aparecimos en un jardín desbordante de flores frescas. Un lugar en el cual fuimos testigos de cómo unos cuantos relámpagos desbastaban las fibras más esenciales de algunos cuantos sueños incapaces de durar más allá de unos cuantos segundos. Ella, al verse allí, cedió ante el hechizo de un susurro y decidió inaugurar un nuevo sendero al paraíso, decidió abrazarme con ternura, y yo, sumido en el más metafísico de los perfumes siderales, decidí corresponderle a ella con un poco de cariño que bien pudiera salvarnos de nosotros mismos y del mismo fin del universo. Acto seguido, guiado únicamente por mi instinto, comencé a acariciar el cabello de aquella chica que bien pudiera no ser más que una promesa de la vida. Ella, por cierto, se veía hermosa. Ella no llevaba nada sobre su piel. Ella estaba a punto de ingresar, así, como estaba, dentro del concepto más puro de belleza. Las caricias, entretanto, iban y venían con cierta cautela y cierto nerviosismo pero con la certeza de que ninguna desnudez deja correr el tiempo sobre ella, y mientras dichas caricias iban ganando fuerza y confianza comenzó a hacerse presente en el lugar un metafísico y errático perfume de ensueño. Una fragancia capaz de regalarle los más hermosos y dulces minutos a una piel que sabe dialogar con la infinitud. Una fragancia que poseía las distintas convergencias de un exclusivo y poco habitual deleite pasional.

 

La impasible y pulsátil sedosidad de la entrega, por su parte, nos hacía temblar de emoción, no obstante, el amor no alcanzó a arrancar siquiera con la debida intensidad. No alcanzó a arrancar cuando nuevamente los dos fuimos trasportados a ese lejano e insospechado día en el cual el cielo suspiró un mar de fuego sobre la luna y dejó plasmado en ella un invisible tatuaje de vida. Yo la miré entonces a ella, a la chica que me acompañaba, y la abracé. La besé suavemente en el rostro. La besé a la par que recorría su almibarada geografía. La besé con ternura por sobre sus párpados y mi amada, al cabo de unos segundos, alzó su rostro y me dedicó una de sus sonrisas mientras se diluían las orillas del universo sobre su joven piel, mientras un conjunto inimaginable de tardes se entremezclaban en una fugaz descarga de melancolías que repentinamente se suicidaron ante el brillo de una hoguera donde cada latido equivalía al reinicio de todo lo existente. Yo, por mi parte, me quedé contemplando la sonrisa tímida que ella me regalaba con toda su confianza, y, sin haberlo sospechado siquiera, en ese mismo instante un cielo escarlata estalló en cientos de millones de gotas de vida. Sin embargo, debido a ello, aquel cielo quedó con millones de agujeros por los cuales se filtraba la Nada sin ninguna compasión. Y fue entonces cuando lo entendimos. Fue entonces cuando ella y yo lo entendimos todo. Entendimos que teníamos la tarea de tapar los hoyos del tejado de la Nada con la arcilla sempiterna que da forma a los pensamientos y a un proyecto de vida común. Un proyecto de vida que también es una fragancia compartida y una misma copa de dulce y extasiado licor que sugiere y siempre sugerirá que el universo palpita justo cuando en él inicia la eternidad.

 

 

 

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