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La magia del significado que no se puede asir y la literatura contemporánea

 

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“Un signo indescifrado somos” dice uno de los más famosos versos de Hölderlin, un verso en el cual se deja entrever nuestro sentido inapropiable como seres humanos, cualidad que, desde luego, nos hace sumamente complejos, dinámicos y multidimensionales. Al respecto, cabe agregar que dicha distinción nuestra conforma una ironía existencial de gran envergadura, ello a raíz del hecho de que entre todas las especies que pueblan nuestro planeta Tierra, somos la única que, hasta donde se sabe, y como bien aseveró Jaques Lacan en su momento, padece los tejemanejes y los laberínticos cruces del significante. No existe, por tanto, un significante o una esencia sígnica que nos defina o nos atrape dentro de su propia ser ella a cabalidad. Sin embargo, decíamos que ello es irónico a razón de que como personas experimentamos y nos movemos a través de la significación. Es, de hecho, prácticamente imposible escaparnos de sus faces omnipresentes y todopoderosas.

 

Ninguna significación, por cierto, existe por sí sola. De acuerdo con un gran número de pensadores como el profesor Higinio Marín o como el mismo filósofo francés Jaques Derrida, para entender por ejemplo qué es el acto de escribir, debemos saber con antelación o tener alguna remota idea de qué es un idioma, o siquiera una palabra o por lo menos un trazo. Si vamos a escribir en una hoja de papel debemos saber o tener alguna remota idea de qué es una hoja de papel y para qué sirve, o para qué se le usa socialmente, y qué es un bolígrafo o un lápiz o cualquiera que sea la herramienta con la cual deseemos plasmar algo en la ya mencionada hoja de papel.

 

El no-significado también se mueve en cadenas de significación, y por ello bien puede llegar a hacer gala de una magia desbordante. La música, por ejemplo, es un lenguaje líquido, no es un signo por sí misma sino que se entrelaza a otros signos, a otras significaciones. En la literatura, mucho se ha escrito respecto a los silencios tanto en poesía como en prosa. De ahí que, en cuanto a lo que a poesía respecta, bien podemos traer a colación una de las opiniones literarias de Álvaro Marín. Según dicho autor:

 

La afasia manifiesta a través de sus propios signos la incapacidad humana para expresar el asombro ante un mundo que ya no puede explicarse con herramientas formales, sino con los dispositivos y los sismógrafos que registran las líneas alteradas que emiten las pulsiones del enfermo cuerpo de la cultura. (…) No damos con el símbolo porque el campo ha sido devastado y la fuerza del sin sentido se la ha tomado el diabolleim…[i]

 

De igual forma, Rosa María Mateu Serra, por su parte, nos recuerda en su artículo “Consideraciones en torno al silencio y la palabra”, que la tradición occidental es eminentemente verbal, de esa forma, el silencio ha sido inferiorizado y relegado a un segundo plano. Por fortuna, nos dice la misma autora que la palabra como forma de comunicación y expresión es hoy por hoy una realidad cada vez más cuestionada. Pero lo más interesante de todo, es que dicho cuestionamiento también podemos encontrarlo dibujado en gran parte de la literatura contemporánea.

 

Podemos encontrarlo en formas bastante sutiles, como lo es la negativa de José Saramago al no suministrar los nombres de sus personajes en su Ensayo sobre la ceguera o en su Ensayo sobre la lucidez. Podemos encontrarlo en aquellas obras en las cuales, por ejemplo, el protagonista se encuentra en estado de coma y frente a él y sus silencios se desarrolla el torbellino de sucesos que dan lugar a un acontecer narrable y a un determinado conjunto de sentires. Para este último caso bien podemos citar la novela La faz de la tierra de Juana Salabert (2011) o El tiempo mientras tanto (2010) de Carmen Amoraga. Podemos encontrarlo, en cierta forma, en El testimonio del becario (2010) de José Antonio Leal Canales, una obra narrada en primera persona en la cual el protagonista de la historia que en ella se desarrolla se dispone a dejar por escrito un testimonio ante unos sucesos que tienen que ver con un crimen que según él no cometió y por el cual está preso. Pero, nos preguntamos nosotros, ¿en realidad dicho protagonista no cometió dicho crimen, o, más bien, juega él con lo que no se dice para armar su propia versión de la historia?

 

Existen, desde luego, otras formas de jugar con la ausencia directa de significación dentro de la prosa contemporánea. Al respecto, bien podemos citar la obra del escritor italiano Alessandro Baricco, más exactamente su obra Seda (1997, en su versión en castellano), en la cual, al final de cada capítulo, el autor juega de una manera impecable con los silencios. He aquí el final del primer capítulo de dicha obra:

 

Hervé Joncour tenía treinta y dos años.

Compraba y vendía.

Gusanos de seda.

 

Y aquí el final del segundo capítulo:

 

Lavilledieu era el nombre del pueblo en que Hervé Joncour vivía.

Hélène, el de su mujer.

No tenían hijos.

 

Otras técnicas narrativas que juegan con el no-significado o la ausencia de significado directo, aluden a juegos literarios bastante interesantes e ingeniosos, tal y como el que podemos encontrar magistralmente plasmado en la obra La caverna de las ideas (2000) de José Carlos Somoza. En dicha obra el autor da cuenta de una supuesta técnica literaria (inventada por él mismo para su novela) conocida como eidesis. La descripción textual de dicha técnica en la obra mencionada es la siguiente:

 

…es una técnica literaria inventada por los escritores griegos antiguos para trasmitir claves o mensajes secretos en sus obras. Consiste en repetir metáforas o palabras que, aisladas por un lector perspicaz, formen una idea o una imagen independiente del texto original…

 

La caverna de las ideas, a todas estas, trata sobre una historia policiaca en la Grecia de la antigüedad, no obstante, una de las estratagemas literarias que más hacen llamativa dicha obra de Somoza, atañe al hecho de que mientras las historia trascurre, un personaje más dentro de la misma va anotando pies de páginas en los cuales se desarrolla en cierta forma una historia alterna. Y es en dichos pies de página donde aquel personaje, que resulta ser un experto traductor, va dando cuenta poco a poco de su trabajo de traducir La caverna de las ideas, tarea en la cual, a medida que la va realizando, lo lleva a descubrir la ya mencionada eidesis. Una eidesis que en el primer capítulo se esboza en la continua aparición de imágenes y metáforas relacionadas con “bocas” y “fauces”. La persistencia inaudita de aquellos dos términos llevan prontamente al traductor a concluir que el autor original de La caverna de las ideas se ha valido del recurso eidético, de la misma forma en la cual (según el traductor de La caverna de las ideas en sus anotaciones a pie de página), Arginuso de Corinto ocultó una descripción de una joven de la cual estaba enamorado en un poema aparentemente dedicado a las flores del campo.

 

La no-significación aparece en este ejemplo, desde luego, entrelazada a la misma significación, ya que mediante la repetición de ciertas imágenes y metáforas el lector, de dejarse atrapar por aquel sinuoso y entretenido juego literario, debe indagar y darle mil vueltas en su cabeza a cuál es el posible mensaje que se le desea trasmitir.

 

El vacío, por tanto, hace parte de lo verbal, de la significación, y permite, además, hilvanar y construir interesantes propuestas y juegos literarios. De ahí que Gabriel Arturo Castro le haya dedicado al mismo la siguiente reflexión:

 

El vacío es el silencio, un espacio en blanco acosado por el ansia, la exasperación y el escepticismo. La poesía avanza hacia lo oculto, lo inadvertido, lo callado, lo no dicho, en fin, se dirige “al fondo de los actos”[ii].

 

Otros ejemplos del juego con la no-significación, o con el silencio literario, o simplemente con lo que no se dice, extraídos de mis lecturas, bien podemos encontrarlo en la obra El eskimal y la mariposa (2004) del escritor colombiano Nahum Montt. Una obra policiaca en la cual, en cierta parte de la misma, se menciona que las víctimas del crimen que se describe en ella, son invisibles entre lo visible, o, dicho en otras palabras, son como los espacios en blanco que en un texto dado separan a una palabra de la otra. Somoza, el autor de La caverna de las ideas, tiene muchas otras propuestas en las cuales su ingenio permite la construcción de interesantes y significativas propuestas literarias, y de juegos con la no-significación. En Dafne desvanecida (2000), por ejemplo, se cuenta la historia de Juan Cabo, un escritor que permanece en estado amnésico a causa de un accidente que sufrió cierta noche. Lo interesante de dicho escritor es que no solo recurre a la técnica de ir escribiendo las cosas que ve tras salir del hospital como ejercicio de memoria, de forma tal que al ver a su ama de llaves, por ejemplo, anota: “Ninfa: ojos grandes y asustados” (es decir, recurre al ejercicio de dar con la no-significación, o por lo menos con un vacío que existe en él, a través de la misma significación), sino que algo en él, le advierte, además, que el último párrafo que escribió la noche de su accidente, bien puede llevarle a un secreto de hondísimas proporciones. Dicho párrafo es el siguiente:

 

Me he enamorado de una mujer desconocida. Escribo esto mientras ceno en el restaurante la Floresta Invisible. Ella ocupa una mesa solitaria frente a la mía y yo observo su espalda desnuda (debido al pronunciado escote de su vestido negro) y su cabello castaño claro atado en un moño. Su figura es…

 

Cabe agregar que en la literatura contemporánea existen una gran cantidad de ejemplos bastante interesantes e ingeniosos en los que podemos ver que, dentro de la narrativa, se juega con la no-significación, con el vacío, con el silencio, con lo que no aparece, no obstante, por espacio dejaremos apenas las obras anteriormente citadas. Finalmente, cabe decir que de la misma forma en la cual para autores como Umberto Eco el habla es un acto, el silencio (e incluso la no-significación directa), es mucho más que una construcción abstracta, es un hecho y una acción en sí mismo. Como decía Ernest Hemingway:

 

Si un escritor en prosa conoce lo suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce, y el lector, si el escritor escribe con suficiente verdad, tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado[iii].

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[i] Esta cita hace parte del prólogo que Álvaro Marín escribió para la obra Dios sobra, estorba (2006) de Mery Yolanda Sánchez y publicada en la Colección de Poesía de la Universidad Nacional de Colombia.

[ii] Esta cita hace parte del prólogo que Gabriel Arturo Castro escribió para la obra Lecciones de fagot (2004) de Fernando Linero y publicada en la Colección de Poesía de la Universidad Nacional de Colombia.

[iii] Ernest Heminway en su libro Muerte en la tarde. Capítulo XII, citado por Lucas Caballero en su artículo El silencio en la literatura narrativa (2014).

 

 

 

Análisis literario

Autor: Miguel Ángel Guerrero Ramos

(Foto: Biblioteca IES Vega de San Mateo).

 

Hermosa melancolía

 

 

 

Hermosa melancolía

 

Un universo de siluetas que sugiere emociones

y una evanescente galería de canciones,

el móvil mar de la memoria, llega,

y no, no quiero zafarme de esta euforia.

Una apolínea geografía de liberación

para preguntarme por la luna y su pasión.

Dónde, dónde está la eternidad que se arroja sobre sí misma,

dónde está el amor en ti,

giro en una continua espiral de sueños, y no por ello me arrepentí,

asimila, una fantasía, que tu corazón guarda alegría,

el albor de la mirada y el sortilegio de un ave cantarina y enamorada.

Presiente, que dentro de ti guardas el infinito,

tú eres el infinito,

eres la misticidad y un sagrado monolito.

Hay tiempo para llorar, para pensar y hay un tiempo para amar.

Hoy, se pregunta un alma de diversa estación migratoria, ¿qué deseo?

Pues bien, deseo trocar las sombras en esencia de estrellas,

deseo hallar el filo cortante de un viento enardecido,

reabsorber el fin del mundo.

Mírame, estoy aquí en este balcón,

en medio de un imperceptible rumor.

Estoy aquí para encender tu fuego en la clama ascensional de un vértigo vital.

Estoy aquí para codificar la suave trama de una noche de agua,

Para compartir tu soledad y mi soledad.

Para sacar un as bajo la manga.

Estoy aquí, claro que sí, acompañado por un destello azul errante

Que nos une como personas, y te asomas, en mí

Y en unos labios húmedos se desliza una gota,

el intervalo de una sonrisa,

que dice algo sobre la vida,

que todas mis cicatrices son por culpa de la envidia,

que dice que la incertidumbre del ser es una hermosa melancolía.