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Reorientar el alma

Reorientar el alma a través de la palabra para llevarla mar adentro de la vida y río abajo de las sombras, es una de esas tantas cosas para las que sirvo con unos sueños cuyos ojos duermen y aun así contemplan el fulgor titilante de las estrellas. Eso es respeto, servir para ello mientras se rescatan los sueños y la esencia del alma propia. Eso es respeto, saber escuchar las resonancias de la vida, el denso discurrir de la inmensidad que se lleva dentro y las melodías que acompasan los latidos de la noche.

 

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Todo el universo

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Es en la profundidad más transparente y táctil de la mirada en donde se iluminan los anhelos y de seguro que en ese íntimo e imperecedero instante, en la mía, se estaban arremolinando un millón de ellos a la vez. Ella, entretanto, me miraba con la misma magia que puede poseer una noche vibrátil, me miraba con la suprema ascensión corporal del alma en el brillo de sus ojos. Sin embargo, de repente, sin quererlo ninguno de los dos, ella y yo aparecimos en un jardín desbordante de flores frescas. Un lugar en el cual fuimos testigos de cómo unos cuantos relámpagos desbastaban las fibras más esenciales de algunos cuantos sueños incapaces de durar más allá de unos cuantos segundos. Ella, al verse allí, cedió ante el hechizo de un susurro y decidió inaugurar un nuevo sendero al paraíso, decidió abrazarme con ternura, y yo, sumido en el más metafísico de los perfumes siderales, decidí corresponderle a ella con un poco de cariño que bien pudiera salvarnos de nosotros mismos y del mismo fin del universo. Acto seguido, guiado únicamente por mi instinto, comencé a acariciar el cabello de aquella chica que bien pudiera no ser más que una promesa de la vida. Ella, por cierto, se veía hermosa. Ella no llevaba nada sobre su piel. Ella estaba a punto de ingresar, así, como estaba, dentro del concepto más puro de belleza. Las caricias, entretanto, iban y venían con cierta cautela y cierto nerviosismo pero con la certeza de que ninguna desnudez deja correr el tiempo sobre ella, y mientras dichas caricias iban ganando fuerza y confianza comenzó a hacerse presente en el lugar un metafísico y errático perfume de ensueño. Una fragancia capaz de regalarle los más hermosos y dulces minutos a una piel que sabe dialogar con la infinitud. Una fragancia que poseía las distintas convergencias de un exclusivo y poco habitual deleite pasional.

 

La impasible y pulsátil sedosidad de la entrega, por su parte, nos hacía temblar de emoción, no obstante, el amor no alcanzó a arrancar siquiera con la debida intensidad. No alcanzó a arrancar cuando nuevamente los dos fuimos trasportados a ese lejano e insospechado día en el cual el cielo suspiró un mar de fuego sobre la luna y dejó plasmado en ella un invisible tatuaje de vida. Yo la miré entonces a ella, a la chica que me acompañaba, y la abracé. La besé suavemente en el rostro. La besé a la par que recorría su almibarada geografía. La besé con ternura por sobre sus párpados y mi amada, al cabo de unos segundos, alzó su rostro y me dedicó una de sus sonrisas mientras se diluían las orillas del universo sobre su joven piel, mientras un conjunto inimaginable de tardes se entremezclaban en una fugaz descarga de melancolías que repentinamente se suicidaron ante el brillo de una hoguera donde cada latido equivalía al reinicio de todo lo existente. Yo, por mi parte, me quedé contemplando la sonrisa tímida que ella me regalaba con toda su confianza, y, sin haberlo sospechado siquiera, en ese mismo instante un cielo escarlata estalló en cientos de millones de gotas de vida. Sin embargo, debido a ello, aquel cielo quedó con millones de agujeros por los cuales se filtraba la Nada sin ninguna compasión. Y fue entonces cuando lo entendimos. Fue entonces cuando ella y yo lo entendimos todo. Entendimos que teníamos la tarea de tapar los hoyos del tejado de la Nada con la arcilla sempiterna que da forma a los pensamientos y a un proyecto de vida común. Un proyecto de vida que también es una fragancia compartida y una misma copa de dulce y extasiado licor que sugiere y siempre sugerirá que el universo palpita justo cuando en él inicia la eternidad.

 

 

 

La esencia de un recuerdo más allá del tiempo

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Mientras soñaba el ayer se me dio por pensar en un mañana donde la permanencia de la noche era un pecado sin formas y una eternidad entre líneas ligeramente destejida. Fue entonces cuando imaginé que hoy hallaría entre la brisa ese impulso del alma que siempre nos empuja a aferrarnos a algo irreal, algo que de ninguna manera puede existir de forma tangible y aun así nos conforma y nos identifica en lo más interno. El día de ayer, debo decir, pensé que el día de hoy me iba a topar con esos recuerdos que fluyen en el ser como el fluir de la sangre en el cuerpo o como el silencio filarmónico de una noche dulce y enamorada que se alía de repente con el perfume de una mirada. Y es que, para ser sincero, fue justo ayer cuando llegué a pensar que vería el crepitar de una hoguera clandestina y que aquella luna neblinosa de los cielos de mi ciudad seguiría parpadeando intensa y vanidosamente en el fondo de una copa de Baccarat. Fue ayer cuando pensé, así, como si nada y de un momento a otro, que podría salir de esta casa habitada por fantasmas huérfanos de sí mismos en la que me hallo. Pensé, además, que podría volver a tener una mirada coqueta de la chica de ojos de cristal marino y mejillas sonrosadas que cierta vez me hizo soñar, pero no una mirada cualquiera sino una de esas miradas que levitan de amor y poseen un poco del tacto enfebrecido del alma, o por lo menos los más sensuales y lujuriosos recuerdos del tacto de una piel cálida y tan liviana como un beso sideral en su más intensa entelequia. Cierto día, perdido en algún confín del tiempo, no de este tiempo sino de uno totalmente distinto, pensé que no me iba a encontrar así como me encuentro hoy día, analizando la cerúlea estructura de los recuerdos en el nostálgico y elegante lobby de un céntrico hotel. El día de ayer, de hecho, pensé que el día de hoy podría llegar a superar las oleaginosas turbaciones del mar del pasado y que sería otra persona con otra esencia proyectada hacia las olas del futuro, no de nuestro futuro, claro, sino de uno totalmente distinto.

 

 

 

 

En el silencio de sus ojos habita una sosegada ternura

Dicen que la ternura tiene cierta semejanza con el asombro más lívido de la existencia. Dicen, de igual forma, que la ternura es como un corazón empozado en un sueño o como un rastro muy profundo e indeleble de vida. Dicen que ella se encuentra, además, en cada brizna de yerba o en cada hoja de otoño que surca los insospechados y oníricos universos del aire. Pues bien, en lo que atañe a tales figuraciones sobre la ternura, hemos de decir que aquel pequeño gato gris que se ha escapado de su casa en la mañana, está acostumbrado desde hace mucho tiempo atrás a contemplar dicha manifestación de afecto en sus más laberínticas e insospechadas facetas. Claro, en la dulce insalivación de las texturas de la vida, la luz que se filtra entre las ramas de los árboles bajo las cuales nuestro querido gato gris pasea, baila un dulce, repentino y encantador vals. Un vals en donde tremolan misticidades diversas y la metafísica y distintiva incoherencia de un infinito piélago de sombras. Un vals y también un cantico de libidinosa secuencialidad en el cual tiene lugar la aventura de un suspiro existencial y una ligera y engañosa rasgadura en medio de la realidad.

 

Y es que, a todas estas, es nuestra obligación aclarar que los gatos grises, aun perdidos en medio de un denso y desconocido bosque, saben mucho acerca de rasgaduras y de otras heridas en la misma configuración de la realidad. Saben, asimismo, que el camino que habrá de tomar el perfume de una flor, en el aire, conducirá siempre al azar, es decir, a la vida. Saben que nada hay más real para el verde soberbio de una hoja que el rocío, y nada más fantasioso para ella que la misma brisa que la circunda. Saben, desde luego, que la brisa le trae secretos al río del lugar de donde él añora morir. Saben incluso que no hay melancolía más profunda que la de las hojas que aún no caen del muy probablemente frondoso y octogenario árbol que las sostiene, y en él, sin embargo, gritan ante una brisa procelosa y profunda su afán irreductible de libertad. Aquel gato gris, por supuesto, sabe todo aquello, pero lo guarda en el más insondable de los silencios. Lo guarda para sí mientras se recuesta junto a un lago tras sentir pasar la brisa. Es un hecho muy sencillo. Simple y llanamente hay almas que, en su sabiduría, deciden descansar sobre el embrujo del inicio del otoño, para de esa forma poder percibir todas las estaciones de la existencia.

 

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La naturaleza imita al arte en el salón vacío del atardecer

Hablemos, mi estimado amigo marchante, de una de esas insospechadas algarabías internas que suelen provocar placeres táctiles incomprendidos. Hablemos, más exactamente, de la excepcional pintura al óleo que hoy pondré en subasta. Si te fijas, a primer vistazo se puede observar que en ella llueve de forma menuda. Llueve, para ser más preciso, sobre una mujer que lleva un remanso de dulzura en su mirada y que pareciera observar muy atenta y cuidadosamente hacia los nómadas reflejos de una existencia ensoñada. Llueve sobre aquella mujer. Llueve una lluvia ligera y casi lívida que busca comprender la curva de sus senos y la súbita bonhomía de un cielo estacional. Llueve sobre ella una lluvia de inspiración. Una lluvia que pareciera querer hacer de aquella mujer el modelo universal de la belleza. Que pareciera querer convertirla en una obra de arte.

 

Miremos a continuación el óleo de frente y percatémonos, mi buen amigo, de que más arriba de la mujer mencionada podemos encontrar un atardecer en el cual fluye la vida como una ráfaga de perfume, y alguna que otra brisa que arrulla el sueño de algún cercano y rumoroso río. Una brisa que se mezcla en un momento insospechado y desconocido con una enfebrecida marea de miel existente únicamente en los ojos de quien observa. Estamos, cómo no hacerlo notar, ante un atardecer en el cual fluye la existencia como una ráfaga de perfume, y que muy seguramente dará paso a unas estrellas que enfermarán de amor y a miles de pensamientos que vagarán sedientos en la espesura incalculable de una noche que posee el mismo grosor de una sonrisa infinita, o quizás de uno de esos pétalos de vesperal brillo que suelen caer sobre la esencia más profunda de la vida. Un atardecer que se refleja en un lago con algunos cuantos nenúfares al estilo de Monet y una grávida clarificación de tiempo donde las horas se deshacen con la misma intensidad con que se bifurcan los deseos del corazón.

 

Sigamos observando. Sé que puedo convencerte de pagar un alto precio por mi obra en esta subasta que jamás volverá a repetirse. Fíjate, por ejemplo, en ese primer y casi que irreconocible rayo de luz lunar que desata suavemente las olas de la tarde. Y no pierdas de vista tampoco el siguiente hecho: la naturaleza, en la pintura, se alista a tomar un merecido y renovador descanso. No obstante, y ello se entrevé a todas luces en la obra, sus colores y su vida y sus murmullos y sus pasiones y su aura, tan sapiente y tan profunda, no dejarán que su esencia duerma. No dejarán que el amor natural se extinga con la luz, y por ello aquellos colores, murmullos y pasiones, harán todo lo posible por retener aquel amor en el rojo lluvioso del ocaso. No dejarán, en suma, que la tarde se desvanezca en el aire tan fácilmente. La encerrarán en el rocío que seguirá a la lluvia, porque el rocío, que se sepa, es también una fina galería de arte como en la que estamos. Una fina galería en un salón todavía más amplio que es el ocaso en sí mismo y en sus más palpitantes transcurrires.

 

Una fina galería que retiene varios matices de verdes, cantos de grillos o de alondras, vuelos de aves y cientos de miradas arrobadas. Una galería, o un cúmulo de galerías en el salón vacío del atardecer. Un cúmulo de galerías con una gran variedad de cosas invisibles para enseñar, porque, como bien lo dice la brisa, en cada gota de rocío caben todos los universos habidos y por haber. Y de igual forma bien podría decirte que en cada pintura al óleo cabe una realidad, en cada mirada una existencia, y en cada mujer sobre la que cae una lluvia menuda como yo, un deseo que puede conjugarse hábil y repentinamente con la naturaleza y con cualquier forma de expresión artística que de ella surja.

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(Imagen: Acuarela Azul y Morado Mujer bajo el agua por Carla Moreno).
La naturaleza imita al arte en el salón vacío del atardecer…
Juan Luis Panero.