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En cada uno de nuestros sueños

En cada uno de nuestros sueños hay un lugar en el cual se encuentra el itinerario de los mismos. Ahora bien, sobre un camino esmaltado con la piel del sol, con las hebras trasparentes de un paisaje que renace vívidamente dentro de otro y con las irisaciones del único espejo en el que se reconoce la eternidad, se encontraba hace mucho un ave de mirada dulce y vuelo raudo a la que le gustaba buscar dicho itinerario. Un ave de lúbricos plumajes y ojos de aspecto primaveral que iba de aquí para allá, navegando la inmensidad de su propio ser y del ser del tiempo mismo, mientras le seguía la pista al lívido itinerario de los sueños. Le seguía la pista como a quien le gusta conquistar el amor de alguien para ablandar al tiempo, para intuir los pensamientos del propio corazón o para vivir todas las vidas que es posible vivir en una sola.

 

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Una rosa en un segundo de éxtasis

Todos los diálogos de una tersa y monótona lluvia siempre serán aburridos y algo monótonos para una rosa que se precie de poseer la lívida exquisitez de un millar de luceros dispuestos a nunca deshabitar la piel profunda de este sinuosísimo y misterioso universo. Es por esa razón que ellas, es decir, las bellas rosas, aman y nunca dejarán de amar a las estrellas, a quienes consideran fieles amigas y confidentes, y con quienes prefieren charlar antes que con cualquier otro elemento o esencia natural. Fieles amigas cuya magia no declina siquiera de día, cuyo ser enamorado titila con la esencia de sus primeros amores y que de noche vuelven radiantes a la casa de sus más eróticos e íntimos sueños. Sueños que en un día de límpida luz bien pueden convertirse en efluvios de belleza pasional, porque si hay algo que tanto las rosas como las estrellas en verdad aman, con un excelso y trepidante vigor, y como no podría ser de otra forma, desde luego, es, y será siempre, su radiante e impecable belleza de ensueño. Y es que, si nos centramos únicamente en las rosas, nos encontraremos con el hecho de que ellas se sienten singularmente bellas cada que se sienten amadas. Es por eso que ellas gustan de ofrecerse al sol y a la brisa, a los diálogos monótonos de la lluvia y al dulce titilar de las estrellas, con un punto de ternura en sus pétalos y con un éxtasis que sacude a su ser más íntimo y que no es, a decir verdad, sino belleza pura y sempiterna que sale al exterior. Belleza que ha dejado de columpiarse entre cualquier otro sentimiento o sensación que no sea el placer, pero eso sí, estamos hablando de un placer sigiloso, habilidoso, fino, un placer que tiende a tornarse en una forma y en unos colores bastante hermosos y cautivantes, como si se tratase, acaso, de una solución, en un solo efímero pero eterno segundo, a los secretos laberintos de algún colorido y memorioso arco iris estelar.

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Una mirada de magia literaria

Una mirada viva y reluciente me quedó debiendo para siempre la eternidad. Otra mirada de leve iridiscencia diamantina, se coló en el mundo de los entresueños y se abandonó a sí misma allí. Otra más, se dedicó a buscar las flameantes efervescencias de una piel amada. Otra, quiso explorar como si nada entre las insuficiencias del lenguaje y detrás de los silencios. Y no faltó, por supuesto, la mirada despistada que se dedicó a vivir toda una vida entre sugestivas alucinaciones. Sí, entre todas y cada una de las alucinaciones que son necesarias para conformar la realidad. Porque la realidad, a todas estas, bien puede ser como un único libro en el que quepa todo el universo pero al que siempre avendrán una gran cantidad de lectores. Y es que en gran parte, eso es la realidad y eso es el universo. Porque bien dicen, en una enfebrecida marea de miel, o en algún sueño de posvirginal aroma, que el universo termina en las más vivas y venturosas miradas de esta existencia, y vuelve a comenzar en una pasión de ondeante e hipnótico desenfreno y en unas sábanas de oceánica y almidonada blancura. Dicen, de hecho, que el universo es el límite de la imaginación, y, aun así, el comienzo más enfebrecido y requirente de la experiencia táctil y de una mirada llena tanto de vida como de magia literaria.

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Los más férvidos límites del universo

Dicen, en una enfebrecida marea de miel, o en algún sueño de posvirginal aroma, que el universo termina en las más vivas y venturosas miradas, y vuelve a comenzar en una pasión de ondeante e hipnótico desenfreno y en unas sábanas de oceánica y almidonada blancura. Dicen, de hecho, que el universo es el límite de la imaginación, y, aun así, el comienzo más enfebrecido y requirente de la experiencia táctil.

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Tus ojos, como el dulce abrevadero de los ángeles

Esta, es una de esas mañanas matutinas en las que suelo

pensar en los renaceres de la aurora,

y en todas esas certezas que nos llegan

desde los distintos espejismos de la vida.

Pero, más que nada, esta también es una de esas

sedosas y sosegadas mañanas en las que suelo pensar

en tus ojos, vida mía,

bajo el místico recuerdo de la eclosión de la noche,

el toque de la diana, y un tierno derroche

de caricias presentidas.

 

Hoy, vida mía, reconozco que tus bellos ojos de aguamar,

no son sino el dulce abrevadero de los ángeles.

Sí, un abrevadero en cuyas aguas encrespadas

se refleja un hermoso cielo nimbado de vida

y todas esas férvidas y pulsantes palabras

que nunca fueron dichas por el alma.

 

Ahora, ¿que cómo lo sé? ¿Que cómo sé que tus bellos

ojos de aguamar son el dulce abrevadero de los ángeles?

Bueno…, una fluida luz de luna con su pálida

y liviana ingravidez, y una rosa emblanquecida

y muy campante y tierna bajo el sol, me lo han dicho.

Me han dicho que tus ojos son el dulce abrevadero de los ángeles.

 

Claro, ahora que me pongo a pensar con más detalle,

y quizá un poco con la emoción de recordar tu cuerpo fragoroso,

veo que tus ojos son la vívida representación

de un sentimiento de amor,

que exhalan perennes bocanadas de luz circunscritas

a la piel de la pasión,

y que poseen la libido sinuosa de los besos más profundos.

Entonces, ¿cómo no decir que ellos

son el dulce abrevadero de los ángeles?

Cómo no decir que en ellos gira una bella espiral

que arrastra un vértigo de segundos trascendentes,

que son una invitación a explorar unos sentidos

demasiado intensos,

o que son un grávido fuego de parpadeante eternidad,

y que ellos, y solo ellos,

saben modular la voz única del alma.

 

Cómo no decirlo, si ellos calman mi sed,

y la sed insospechada de los ángeles,

al ser ellos una intrincada geometría de sueños

y una plácida fuente en cuyas aguas se insinúa

sin ningún rubor el más palpitante de los infinitos.

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